sábado, 25 de junio de 2016

EL FEMINISMO NO ES LO QUE TÚ DIGAS QUE ES FEMINISMO, BURGUESA.





No importa dónde nos ubiquemos, las sociedades capitalistas desarrolladas han asumido el feminismo como parte de su discurso hegemónico. Desde hace décadas vemos el ascenso al poder tradicionalmente reservado a los hombres de mujeres que ocupan puestos relevantes en grandes empresas, multinacionales, ministerios y presidencias de gobierno. Pensemos en Dilma Rousseff en Brasil, en Cristina Kirchner en Argentina, en Michelle Bachelet en Chile, en Keiko Fujimori acercándose a la presidencia de Perú. Pensemos en Margaret Thatcher, en Angela Merkel, en Christine Lagarde, en Madeleine Albright, en Hillary Clinton, en Marine LePen, en Ségolene Royal, en Esperanza Aguirre, en Ana Patricia Botín, en Cristina Garmendia, en Ada Colau, en Mónica Oltra, en Carolina Bescansa y en tantas otras que nos dicen desde los noticieros que la mujer ha llegado al poder para quedarse.


Bien, ése no es mi feminismo. Eso ni siquiera es feminismo. Es parte del discurso de explotación capitalista en el que de forma oportunista un cierto porcentaje de mujeres, frecuentemente pertenecientes a las clases dominantes se han integrado para reproducir todos y cada uno de los valores de explotación del hombre por el hombre, de la mujer por la mujer, en definitiva del capitalismo.


Partamos de la base de que dentro del sistema capitalista la opción reformista no es sino perpetuación del sistema de explotación que es la base misma de la subsistencia y reproducción capitalistas. Todo lo que no sea abolir ese estado de cosas es parte del problema, jamás su solución y en ese sentido sólo se puede ser honestamente feminista desde el anarquismo. Simple y claro.


El capitalismo y sus sociedades han creado un sistema paternalista e insultante para "integrar" a las mujeres en los engranajes que rezuman sangre. Nos incluyen mediante porcentajes establecidos por ley sin tener en cuenta jamás la valía de quien accede a esos porcentajes. Cuando hay que elaborar listas electorales y faltan mujeres hay que encontrarlas a cualquier precio porque si no es así la lista será invalidada. Es decir, el Estado y sus cómplices femeninas llaman a esto discriminación positiva. Se oculta oportunamente que esa discriminación no suele beneficiar a las mujeres trabajadores, sino a las féminas de la clase media o alta y occidentales.


La clave misma de este discurso es el “acceso al poder”. Seguramente muchas sabemos lo largamente que reflexionó Michel Foucault sobre la naturaleza del poder. En su esencia corrompe a quien lo ostenta toda vez que crea una sensación de impunidad que no es saludable en términos humanistas. Corrupción, impunidad, superioridad, elitismo, tales son las características que acompañan a quien detenta el poder, sea hombre o sea mujer. Asimismo, el poder está en la base de cualquier relación de dominación y como anarquistas aspiramos a abolir esas relaciones. No las queremos, las rechazamos con más o menos violencia. Detestamos ver a las mujeres emponderadas (esa palabra que tanto gusta en los cenáculos del feminismo burgués de nuevo cuño) vistiendo ropas de alta costura, detestamos que todas sean blancas, nos produce repugnancia verlas bajas de coches conducidos por chóferes, odiamos su presencia en Bildelberg y odiamos más aún que se nos venda esa presencia como un triunfo de todas. No, no lo es. Es un fracaso. Es el fracaso del mejor feminismo que pudo apuntarse desde los años 60, es un fracaso de la conspiración WITCH, es un fracaso de la lucha de las mujeres negras y orgullosas que no son Michelle Obama.


No queremos cuotas, sino igualdad real, no queremos ser parte del sistema, queremos abolir el sistema, no queremos estar en los consejos de administración de ninguna multinacional, queremos dinamitarlos, no queremos que el papa nos integre en su loca secta, queremos destruirla hasta los cimientos y con ella su ideología de muerte.


Aspiramos a la vida, a que ninguna de nosotras sea asesinada por un macho, aspiramos a ser libres sea cual sea nuestro color de piel, aspiramos a sustituir la competitividad por la sororidad, el individualismo por la solidaridad, pero eso, hermanas, supone mucho trabajo y ahí es donde espero que nos encontremos: en las calles hasta que se haga justicia con todas nosotras... O la hagamos nosotras para variar.

Como dice la hermana más punk de todas: "¡Feminismo de clase o barbarie!
"